Gabriel Alfonso Rodríguez es un escritor que oscila entre lo heroico y lo ridículo. Uno de esos talentos prematuramente envejecidos que se debate entre las palabras que desea escribir y las que debe desechar. Su obsesión es la obra. En singular. Porque un escritor nace cuando su obra es leída, simplemente. Por muchos, pocos o uno. Porque es la obra la que, en definitiva, le confiere vida al autor y no a la inversa. En lo tocante a él, por lo menos.
Su personaje es El fantasma de la Ópera. Al igual que él, crea obras maestras desconocidas para un público ilusorio tejido de porvenir. Escribe —o se propone escribir— para la posteridad: esa voluptuosidad de artista apócrifo le obliga a consolarse con tal pensamiento. A fuerza de componer personajes contrariados por el destino terminó por parecerse a ellos en la desventura: el fracaso de escribir para el silencio. Sin embargo, todavía le queda el aplomo suficiente para burlarse de su destino y del alumbramiento de la publicación en papel. Sabe que tarde o temprano llegará la hora. Irremisiblemente. Mientras tanto hay que escribir, siguiendo un itinerario artístico propio e irrepetible salpicado de atardeceres soleados, de horizontes grises, de abismos y desiertos. Contemplando el destino con ojos de águila, enfrentando los abismos de sus inseguridades y las soledades del talento. Del genio, en fin. La pluma: su destino. Siempre lo fue, solo que ahora cree en lo que escribe.